
Coche bomba en Bagdad- REUTERS
No hay silencio en Bagdad. Cuando dejan de oírse explosiones, disparos o sirenas de ambulancias, las alarmas de la policía violan cualquier atisbo de sosiego. Entremedias, el aire se llena con el estruendo de los helicópteros que desplazan a los prebostes estadounidenses volando bajo, muy bajo, para evitar ser objetivo de quienes les disputan su presencia.
A ras de tierra, el paisaje urbano resulta irreconocible. Enormes mamparas de hormigón han troceado la ciudad en zonas de exclusión accesibles sólo para quienes se han hecho dueños y señores de esas parcelas, en muchos casos sin otra justificación que la fuerza de las armas. Reina entre ellas, la fortaleza militar en la que viven los diplomáticos y contratistas norteamericanos y británicos, y a su sombra, la mayoría de las instituciones de Gobierno del nuevo Irak. Es la llamada Zona Verde por sus jardines sí, pero sobre todo, por contraposición a la zona roja, sinónimo de peligro, donde viven los seis millones de habitantes de esta capital maldita.
Una mirada atenta descubre enseguida las heridas de la última batalla, apenas el preludio del laberinto de sangre en el que han desembocado cuatro años de ocupación. Al otro lado del río, la central telefónica de Al Rashid sigue agujereada como un queso gruyère. En éste, el antiguo Ministerio de Planificación ni siquiera ha recuperado los cristales de las ventanas. Pero es sobre todo en los sonidos donde se reconoce el trauma de esta ciudad un día bautizada de la Paz.
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