A mediodía en punto de ayer, el Reino Unido observó durante dos minutos un silencio estruendoso. La vida se paralizó en todo el país para recordar a los muertos causados por la explosión de cuatro bombas el 7 de julio de 2005, una de ellas en un autobús y las restantes en el metro de la capital británica. Un poco antes, la ministra de Cultura, Tessa Jowell, y el alcalde de Londres, el laborista Ken Linvingston, depositaban una ofrenda floral en la estación de King's Cross, donde aquel día se habían reunido los cuatro criminales para su múltiple canallada. Los cuatro murieron hace un año junto a 52 víctimas inocentes.
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