jueves, abril 07, 2005

Gran Bretaña: los candidatos tienen programa

La disolución del parlamento y la convocatoria a una nuevas elecciones, ha hecho que los candidatos muestren sus cartas: Blair quiere centrar el debate en la economía; el conservador Howard, en la inmigración, y Charles Kennedy, cabeza de los liberal demócratas, en la guerra de Irak. Estas será unas elecciones muy disputadas. Los tres líderes mostraron sus cartas en la última sesión parlamentaria antes de la disolución de los Comunes, y la única ocasión en que chocarán frontalmente durante la campaña. Aquí no existe tradición de debates televisados a la americana, susceptibles de alterar el curso de los acontecimientos con una respuesta brillante o una matedura de pata. Las únicas discusiones son a través de la prensa. El Labour puso en marcha el tren de la reelección con una aparición conjunta del primer ministro Tony Blair y el canciller del Exchequer Gordon Brown, arquitectos del nuevo laborismo pero peleados por el traspaso del relevo de uno a otro y el papel del mercado en los servicios públicos. El gran capital laborista es la bonanza económica más duradera desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que ha permitido una moderada redistribución de la riqueza sin subir el impuesto sobre la renta, y una pequeña mejoría de la sanidad y educación. Adelante, no hacia atrás, es el eslogan del Gobierno. Blair ha sido criticado por utilizar el miedo como arma política y buscar así el perdón a los excesos de Iraq, pero no hay quien gane a los conservadores a la hora de aterrorizar a los votantes.Y no sólo en cuestiones de seguridad, sino de delincuencia común, trabajadores extranjeros y ley y orden. El tory Michael Howard, asesorado por el gurú australiano Lynton Crosbie y en un coqueteo total con la xenofobia, incluso ha llamado la atención sobre campamentos de gitanos que se han establecido en algunos rincones del país. "Frenar la inmigración no es racista", proclaman los pósters del principal partido de oposición. El liberal demócrata Charles Kennedy es el líder político con quien la mayoría de los británicos se tomaría una pinta en un pub, según las encuestas. Su problema es que ni a laboristas ni conservadores les interesa un sistema de representación proporcional que refleje el 21% de seguidores lib dems y lo convierta en partido bisagra. Es el principal destinatario del voto de castigo a Blair por la guerra de Iraq, pero su techo son 60 o 70 escaños en la Cámara de los Comunes. Los partidos lo tienen perfectamente calculado: de los 44 millones de electores británicos, tan sólo cuentan los 838.000 (apenas un 2%) que van a inclinar la balanza de un lado u otro en 165 circunscripciones marginales en poder del Labour (el equivalente de Florida y Ohio en EE.UU.). Es a ellos a quienes van a bombardear Howard y Blair en la campaña más tecnológica en la historia de la nación, mediante correos electrónicos, DVD e incluso inesperadas visitas a la hora de la cena. Muchos británicos se han hartado de Blair en ocho años, pero aun así parte con clara ventaja porque es considerado el mejor gestor de la economía, el mejor estadista y el mejor defensor de la seguridad nacional. A su favor juega un sistema mayoritario que permita gobernar al Labour incluso con un cinco por ciento menos de apoyo que los tories. En su contra juegan el peligro de una abstención récord y las triquiñuelas del voto táctico de unos electores cada vez más avezados, que le ayudó a maximizar las dos monumentales mayorías de 1997 y el 2001, pero que esta vez podría volverse en su contra.

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