¿Colapsará el sistema financiero en los próximos días? No lo creo, pero no estoy seguro. Lehman Brothers, un importante banco de inversiones, quebró ayer. Y nadie sabe qué viene después.
Para entender el problema, es necesario comprender que el viejo mundo bancario, en el que instituciones albergadas en grandes edificios de mármol aceptaban depósitos y prestaban dinero a sus clientes de mucho tiempo, ha desaparecido. Fue reemplazado por lo que se conoce como "sistema bancario fantasma".
Los bancos de depósito, es decir, la gente de los edificios de mármol, desempeña ahora un papel menor en la tarea de canalizar los fondos de los ahorristas a los prestatarios; casi todo el negocio financiero se lleva a cabo por medio de complejos acuerdos arreglados por instituciones "no depositarias", instituciones como la difunta y lamentada Bear Sterns. Y como Lehman.
Se suponía que el nuevo sistema podía funcionar mejor, repartiendo y reduciendo los riesgos. Pero tras el descalabro inmobiliario y la resultante crisis hipotecaria, parece evidente que los riesgos no se redujeron, sino que más bien se ocultaron: demasiados inversores no tenían idea de hasta qué punto estaban en peligro.
Y a medida que todo esto empezó a conocerse, el sistema ha estado experimentando corridas bancarias posmodernas. Estas corridas no se parecen a la antigua versión: con pocas excepciones, no estamos hablando de multitudes de perturbados ahorristas que golpean las puertas cerradas de los bancos.
Hablamos, en cambio, de frenéticas llamadas telefónicas y clics del mouse, que se producen mientras los agentes financieros presionan las líneas de crédito y tratan de desenmarañar y aliviar las consecuencias. Pero los efectos económicos (el congelamiento del crédito, un derrumbe en los valores de los activos) son los mismos que los de las grandes corridas bancarias de la década de 1930.
Siga leyendo la columna de Por Paul Krugman en el diario The New York Times, traducida por el diario La Nación de Buenos Aires
Para entender el problema, es necesario comprender que el viejo mundo bancario, en el que instituciones albergadas en grandes edificios de mármol aceptaban depósitos y prestaban dinero a sus clientes de mucho tiempo, ha desaparecido. Fue reemplazado por lo que se conoce como "sistema bancario fantasma".
Los bancos de depósito, es decir, la gente de los edificios de mármol, desempeña ahora un papel menor en la tarea de canalizar los fondos de los ahorristas a los prestatarios; casi todo el negocio financiero se lleva a cabo por medio de complejos acuerdos arreglados por instituciones "no depositarias", instituciones como la difunta y lamentada Bear Sterns. Y como Lehman.
Se suponía que el nuevo sistema podía funcionar mejor, repartiendo y reduciendo los riesgos. Pero tras el descalabro inmobiliario y la resultante crisis hipotecaria, parece evidente que los riesgos no se redujeron, sino que más bien se ocultaron: demasiados inversores no tenían idea de hasta qué punto estaban en peligro.
Y a medida que todo esto empezó a conocerse, el sistema ha estado experimentando corridas bancarias posmodernas. Estas corridas no se parecen a la antigua versión: con pocas excepciones, no estamos hablando de multitudes de perturbados ahorristas que golpean las puertas cerradas de los bancos.
Hablamos, en cambio, de frenéticas llamadas telefónicas y clics del mouse, que se producen mientras los agentes financieros presionan las líneas de crédito y tratan de desenmarañar y aliviar las consecuencias. Pero los efectos económicos (el congelamiento del crédito, un derrumbe en los valores de los activos) son los mismos que los de las grandes corridas bancarias de la década de 1930.
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