miércoles, octubre 17, 2007

Nicolas y Cécilia Sarkozy han materializado su separación, según una revista francesa

La página web de 'Le Nouvel Observateur' se ha adjudicado la exclusiva que todos los periodistas de Francia buscaban: Nicolas Sarkozy y Cecilia Cignaner Albéniz han formalizado la separación matrimonial después de haber permanecido juntos once años y de haber tenido un hijo. El Elíseo se resiste a confirmar la noticia, pero la edición impresa de 'Le Nouvel Observateur' que aparece mañana en los quioscos aporta las pruebas según las cuales el presidente de Francia y su cónyuge habrían formalizado judicialmente su ruptura en la jornada el pasado lunes. De esta manera se explica que Cecilia no forme parte del séquito presidencial en la visita oficial de Sarkozy en Marruecos prevista la semana que viene. En caso de estar juntos, la monarquía magrebí hubiera interpretado como un desaire la incomparecencia de la esposa.

El notición se abre camino en un contexto bien definido por los hechos. Primero: Sarkozy y Cecilia no han aparecido juntos desde que regresaron de vacaciones en agosto. Segunda: la primera dama se niega a trasladarse a vivir al Elíseo. Tercero: la bisnieta de Albéniz se ausenta de todas las cenas institucionales desde el mes de junio. Y cuarto: madame Sarkozy había decidido enrocarse en el palacio de Lanterne, sobrenombre de una residencia versallesca que su destinatario institucional, François Fillon, primer ministro, ha querido ceder al matrimonio presidencial porque lo encuentra más acogedor Cecilia. Es donde medita y donde se refugia. De hecho, los vigilantes, los jardineros y el servicio se han acostumbrado a tratarla con cierta cotidianidad. No sucede así con el patriarca, puesto que Nicolás tiene su residencia oficial en el Elíseo y evita dejarse notar en Lanterne.

La prensa francesa aireaba sin pudor la inminencia del divorcio. Llaman a Cecilia la mujer invisible y la fantasma del Elíseo. También le atribuyen un comportamiento extraño y ambiguo: la hiperactividad de los primeros meses, su papel de negociadora en el campamento de Gadafi y las vacaciones con la familia Bush cedieron el espacio al anonimato y el misterio. Porque madame Sarkozy prefiere mimetizarse en la vida ordinaria. Le han visto ir al cine. Ha estado en el Teatro Morgador para entretenerse con un musical de Broadway (El rey león). Incluso se presentó en las dependencias municipales de su distrito porque tenía que renovar el carné de identidad de una de sus hijas. La única actividad rutinaria que se conocía consistía en leer y responder el correo que le remiten al Elíseo. Un centenar de cartas semanales que la mujer ha convertido en la única razón que la emparenta al palacio presidencial. Es más, las citas profesionales, y hasta las personales, acontecían en el salón privado de un hotel parisino.

Cecilia se movía como un espectro para sortear el pelotón de los 'paparazzi', aunque todas las precauciones que adoptaba ella contradicen el desahogo con que se desenvuelve su esposo. El ejemplo más llamativo consiste en la carta manuscrita que Sarkozy tuvo la torpeza de dejar a la vista de los fotógrafos. Se la remitía una vieja amiga de la clase política. Tan vieja y tan amiga que madame Balkany, he aquí su nombre, decía echarle mucho de menos, lamentaba las «eternas» ausencias y se despedía con una fórmula híbrida franco-española: «millions de besitos». El Elíseo medió en la escandalera para decir que la destinataria de la misiva era Cecilia. Una versión bastante infantil e inverosímil. Tanto por el lenguaje del manuscrito en sí como porque la revista titular de la exclusiva, 'Choc', recibió toda clase de presiones para abstenerse de publicarla. Ya se ocuparon otros medios de rebotarla y de añadir argumentos a las relaciones peligrosas del matrimonio Sarkozy.

Sólo faltaba el desplante de Sofía. Nicolás esperaba aterrizar en Bulgaria acompañado de su mujer. La esperaban como una heroína por su mediación en la puesta en libertad de las enfermeras, pero Cecilia se abstuvo de viajar a la capital búlgara y declinó asistir a la ceremonia de las condecoraciones. La decisión sitúa las coordenadas de la desavenencia conyugal. La primera dama rehúsa la compañía de su esposo. Y por dos razones. Una es la estrictamente sentimental. Otra es de orden político, precisamente porque madame Sarkozy ha interpretado como un duro escarmiento personal la idea de haberse desplazado a Trípoli para hablar cara a cara con Gadafi. Cecilia Sarkozy no es una simple consorte. De ella depende el equilibrio del presidente y la cámara de los allegados. No hubieran ido tan lejos sin su consenso la ministra Rachida Dati ni el portavoz Martinon. Tampoco tendrían tanta importancia los consejos de Henri Guaino, amanuense de lujo en las dependencias presidenciales. Quiere decirse que el divorcio sobrepasa el escenario de un asunto conyugal. Será un problema de Estado.

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