Tras un minucioso escrutinio, el Instituto Federal Electoral de México debía declarar anoche vencedor de las presidenciales celebradas el pasado domingo a Felipe Calderón, candidato del Partido de Acción Nacional (PAN), del saliente presidente Fox. Es una victoria por la mínima, algo que ocurre últimamente en muchos países, reflejo de sociedades divididas. Su rival por la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática (PRD), impugnará los resultados y anuncia movilizaciones. Es un gesto peligroso en un país donde la violencia está a la orden del día, y del que se pueden aprovechar otros para armar ruido y sacar tajada política.
El recuento definitivo ha arrojado una distancia mucho menor que el provisional. El gesto de López Obrador abre un periodo de gran incertidumbre. Las impugnaciones han de pasar al Tribunal Federal Electoral, que sólo comenzará a verlas a partir del próximo jueves, aunque hay tiempo de sobra, pues el nuevo presidente no toma posesión hasta diciembre. Pero sería insensato que López Obrador intentara anular unos comicios que los observadores han calificado como limpios.


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