En la doctrina democrática está reconocida plenamente la existencia —en convivencia armoniosa— de mayorías y minorías, o sea el juego del peso y del contrapeso, de manera de garantizar los derechos de todos y no sólo de una parcialidad, por más que ésta resulte ser la mayoría, que, en todo caso, apenas es circunstancial, en el devenir de los pueblos. Al existir tal reconocimiento, lo que sucede es que nadie puede atribuirse el poder absoluto y, sobre esa base, intentar imponer sus designios, sin una previa conciliación con las minorías. Las fórmulas para resolver los entredichos o confrontaciones que pudieran producirse, en determinados casos, son precisamente el consenso y, en última instancia, la tolerancia, que es un atributo de nobleza para alcanzar los equilibrios necesarios con los que se deben conducir los intereses públicos.
El uso discrecional de la voluntad mayoritaria implica una expresión de autoritarismo, lindante con el totalitarismo, pues con ello lo que se pretende es imponer criterios que muy bien pueden ser totalmente contrarios al sentir general de una sociedad democrática, como es la boliviana.
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