Irak, bajo un Gobierno provisional y la ocupación de las tropas americanas y británicas, decidió juzgar por sí mismo a Sadam Husein por los crímenes de su régimen entre 1968 y 2003. El resultado, cuando comienza hoy el segundo de los muchos procesos que pueden aguardar al dictador, es desalentador. El tribunal especial que desde octubre pasado sienta a Sadam en el banquillo no está a la altura de las circunstancias, y el proceso amenaza con disolverse en el caos.
El nuevo juicio exigirá a Sadam responsabilidades por el genocidio de miles de kurdos a finales de los años ochenta. El primero, por el que aguarda sentencia, le ha acusado de crímenes contra la humanidad en las personas de 148 chiíes. Pero a lo largo de los meses transcurridos se ha asemejado en muchos momentos a una farsa. Tres de los abogados defensores del ex presidente han sido asesinados; otro ha huido del país. Y han sido reemplazados, por diferentes motivos, tres de los cinco jueces originales. Sadam, de 69 años, ha polemizado a voces con el tribunal, ha abandonado la sala y protagonizado huelgas de hambre.
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