
En Irak ya nadie duda de que existe una guerra civil. Prueba de ello son los atentados coordinados que ayer acabaron con la vida de 202 chiiíes en la emblemática Ciudad Sáder, en Bagdag. La matanza, la mayor desde la invasión estadounidense en marzo de 2003, dejó además 250 heridos. El primer ministro iraquí, el Nuri al Maliki, ha impuesto un toque de queda indefinido en la capital a partir de las 20.00 (horas local) para evitar represalias. Las autoridades también han ordenado el cierre del Aeropuerto Internacional de Bagdad, por lo que tanto los vuelos internacionales como locales han sido suspendidos. Maliki instó a sus conciudadanos a mantener la calma, tras la cadena de atentados con varios coches bomba y granadas de mortero. "El horrendo crimen cometido por los baazistas (en alusión a los militantes del Partido Baaz, que monopolizó el poder durante el régimen de Sadam Husein) y de los takfiriyun (islamistas radicales) supone un peligro para la fraternidad musulmana (entre chiíes y suníes)", agregó Maliki. Esta mañana, la policía ha elevado la cifra de víctimas mortales de 160 a más de 200, y ha avisado que en las próximas horas podrían morir varios de los heridos más graves. El ayatolá Ali Sistani, la máxima autoridad religiosa chií de Irak, exhortó también a la población a que guarde la contención, según informó el portavoz oficial del gobierno, Ali Dabag. Los llamamientos a la calma van dirigidos principalmente a la comunidad chií, que constituye casi el 60% de los 25 millones de habitantes del país y que viene sufriendo constantemente atentados por parte de la comunidad suní.


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