Irak fue el elemento central en las legislativas, que son un termómetro para tomar la temperatura al electorado entre dos elecciones presidenciales. El rechazo o la desilusión con la guerra y la crítica dirigida contra George W. Bush han sido la razón principal del deterioro republicano. Pero no la única. La renuncia del Congreso a su papel de control del Ejecutivo, el despilfarro y la ineficacia y los escándalos económicos y personales han marcado el Capitolio. Si en las elecciones de ayer no hubo más cambios es porque el diseño de los distritos favorece la permanencia del congresista, sea republicano o demócrata.
El 109 Congreso de Estados Unidos ha batido récords de impopularidad, y por primera vez desde 1994 -precisamente el año en el que se hundieron los demócratas- más de la mitad de los electores veía inadecuada la reelección de la mayoría de los congresistas, según un sondeo del Pew Center. Sólo tres de cada 10 votantes aprueban la labor del Capitolio, dice una encuesta de la cadena de televisión Fox. Casi siempre complacientes con la Casa Blanca, los congresistas se han rebelado en las peores ocasiones (para bloquear un acuerdo sobre la venta de las operaciones portuarias en Estados Unidos a una empresa de Dubai o para torpedear el aceptable plan de reforma de la inmigración de Bush).


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