El siguiente es el editorial de The New York Times de ayer:
Hace cuatro años, mientras las tropas norteamericanas hacían su ingreso triunfal en Bagdad, jubilosos iraquíes derribaban una estatua gigantesca de Saddam. Fue un simbolismo poderoso: un dictador asesino derrocado, los habitantes de Bagdad que salían a la calle sin temor y los soldados norteamericanos aclamados como libertadores. Después de cuatro años de ocupación militar, un número incalculable de muertos por la acción de escuadrones de la muerte y de terroristas suicidas, y desgarradoras experiencias como la de Abu Ghraib, pocos iraquíes aún consideran libertadores a los soldados estadounidenses. En cambio, miles conmemoraron el aniversario quemando banderas norteamericanas y marchando por las calles de Najaf coreando "muerte a los Estados Unidos".
Una vez más, decenas de miles de soldados norteamericanos ingresan en Bagdad. El Pentágono anunció que las unidades del ejército con fatiga de combate tendrán que permanecer aún en Irak tres meses más de lo previsto. El presidente Bush está apostando desesperadamente a imponer cierta calma en la capital iraquí. Y parece imaginar que si esa apuesta resulta favorable el gobierno de predominio chiita del premier Nuri Kamal al-Maliki tomará, sin ninguna presión a fondo de Washington, las medidas tendientes a compartir el poder político y los recursos económicos a las que tanto se resistió desde que asumió el cargo, hace un año.


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