Ignorando la presión creciente dentro de su propio partido para que renuncie cuanto antes a sus aspiraciones presidenciales, Hillary Clinton prometió ayer continuar su campaña hasta el final.
Ignorando la presión creciente dentro de su propio partido para que renuncie cuanto antes a sus aspiraciones presidenciales, Hillary Clinton prometió ayer continuar su campaña hasta el final. "Voy a seguir en esta carrera hasta que haya un nominado", declaró la ex primera dama estadounidense mientras hacía campaña en Virginia Occidental.
Su derrota aplastante en Carolina del Norte y su victoria por la mínima en Indiana el martes han dejado reducidas prácticamente a cero sus posibilidades de victoria. Barack Obama amplió en esa jornada electoral su ventaja en la cifra de delegados en unos 15 y su diferencia en número de votos en más de 200.000. Obama va primero en ambos apartados con una distancia de más de 160 delegados y casi 750.000 votos.
A falta de sólo seis primarias más, con 274 delegados en juego, Obama tiene prácticamente garantizado que acabará este proceso con más delegados elegidos y más votos que su rival. Pero casi con seguridad no llegará a la cifra que se requiere para garantizar su nominación como candidato demócrata sin contar con los famosos superdelegados. Ahí es donde entra en juego la estrategia que la campaña de Clinton intenta agotar hasta las últimas consecuencias.
"Nadie puede ganar sin los superdelegados y cualquiera de los dos puede ganar con los superdelegados", declaró ayer Terry McAuliffe, presidente de la campaña de Clinton. McAuliffe no descarta aún que los superdelegados que faltan por pronunciarse acaben entendiendo que Clinton es mejor candidata que Obama para batir a John McCain, y le den finalmente la nominación aunque cuente con menos delegados ganados en las urnas.
Se trata, en todo caso, de una esperanza mínima y probablemente efímera. Cada día más de esos superdelegados (dirigentes del partido, miembros del Congreso, gobernadores y ex altos cargos) se ponen del lado de Obama (cuatro desde el martes), algunos de ellos después de haber estado apoyando a Clinton.
Una de estas deserciones ha sido particularmente dolorosa para Clinton: la del antiguo senador de Dakota del Sur George McGovern, junto a quien a los Clinton les salieron los dientes en la campaña presidencial de 1972.
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Ignorando la presión creciente dentro de su propio partido para que renuncie cuanto antes a sus aspiraciones presidenciales, Hillary Clinton prometió ayer continuar su campaña hasta el final. "Voy a seguir en esta carrera hasta que haya un nominado", declaró la ex primera dama estadounidense mientras hacía campaña en Virginia Occidental.
Su derrota aplastante en Carolina del Norte y su victoria por la mínima en Indiana el martes han dejado reducidas prácticamente a cero sus posibilidades de victoria. Barack Obama amplió en esa jornada electoral su ventaja en la cifra de delegados en unos 15 y su diferencia en número de votos en más de 200.000. Obama va primero en ambos apartados con una distancia de más de 160 delegados y casi 750.000 votos.
A falta de sólo seis primarias más, con 274 delegados en juego, Obama tiene prácticamente garantizado que acabará este proceso con más delegados elegidos y más votos que su rival. Pero casi con seguridad no llegará a la cifra que se requiere para garantizar su nominación como candidato demócrata sin contar con los famosos superdelegados. Ahí es donde entra en juego la estrategia que la campaña de Clinton intenta agotar hasta las últimas consecuencias.
"Nadie puede ganar sin los superdelegados y cualquiera de los dos puede ganar con los superdelegados", declaró ayer Terry McAuliffe, presidente de la campaña de Clinton. McAuliffe no descarta aún que los superdelegados que faltan por pronunciarse acaben entendiendo que Clinton es mejor candidata que Obama para batir a John McCain, y le den finalmente la nominación aunque cuente con menos delegados ganados en las urnas.
Se trata, en todo caso, de una esperanza mínima y probablemente efímera. Cada día más de esos superdelegados (dirigentes del partido, miembros del Congreso, gobernadores y ex altos cargos) se ponen del lado de Obama (cuatro desde el martes), algunos de ellos después de haber estado apoyando a Clinton.
Una de estas deserciones ha sido particularmente dolorosa para Clinton: la del antiguo senador de Dakota del Sur George McGovern, junto a quien a los Clinton les salieron los dientes en la campaña presidencial de 1972.
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