miércoles, mayo 13, 2009

La amenaza talibán

No le está yendo bien a Estados Unidos en la guerra contra los talibanes y extremistas islámicos en Afganistán. Así lo prueba la decisión, tomada el lunes por el presidente Barack Obama, de retirar abruptamente al general David D. McKiernan de la comandancia de las tropas estadounidenses en Afganistán y nombrar en su reemplazo a un experto en guerra no convencional, el teniente general Stanley A. McChrystal. Es la primera vez, desde cuando el general Douglas MacArthur fue apartado de la guerra de Corea en abril de 1951, que el presidente de Estados Unidos retira a un comandante en jefe de un teatro de operaciones.

Si en un principio, siete años atrás, se libró con éxito la guerra contra el terrorismo en Afganistán, desde hace un tiempo han perdido vigor las fuerzas aliadas, y los talibanes extienden su presencia en zonas de difícil acceso. McKiernan llevaba apenas un año en el cargo y ahora ha caído víctima de lo que el secretario de Defensa, Robert Gates, definió como "una nueva política, un nuevo presidente, una nueva estrategia". Es de desear que esa nueva estrategia funcione, pues ha exigido nuevas tropas, nuevos aportes económicos y nuevos revolcones como el del lunes.

Para agravar las cosas, los extremistas islámicos han conseguido importantes avances en Pakistán, donde el Gobierno optó, finalmente, por enfrentarlos en una guerra de enorme intensidad y catastróficas consecuencias. Los talibanes han logrado avanzar hasta ocupar zonas claves a 100 kilómetros de Islamabad, la capital. Una de esas zonas es el valle de Swat, convertido en las últimas semanas en feroz campo de batalla. Se calcula que han muerto en lo que va de semana más de 200 guerrilleros islámicos en enfrentamientos con el Ejército, y cerca de 2.000 desde que el presidente Asif Zardari, presionado por la Casa Blanca, se decidiera a combatir a un ejército irregular, que avanza como un lento cáncer desde hace meses. El resultado ha sido una colosal tragedia, con cerca de 500.000 desplazados (otras cifras aseguran que son ya un millón) y un éxodo masivo y caótico. Cientos de vehículos huyen en busca de la capital; a falta de transporte público, algunos desplazados pagan sumas estrafalarias por un cupo en un carro particular, y miles de familias caminan hacia lugares más seguros por las márgenes de las carreteras atestadas.

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