
El premio Príncipe de Asturias de las Letras ha recaído este año en un autor incómodo, en alguien que va por libre. Nació en Beirut en 1949 pero vive en París desde 1975. Escribe en francés -ganó el prestigioso Goncourt en 1993 con La roca de Tanios- pero la mayoría de sus libros hablan del mundo árabe. En un tiempo en el que a los escritores se les pide fidelidad sin fisuras a una causa o a una nación por el simple hecho de haber nacido a un lado de la frontera que ellos no han elegido, Maalouf es un hombre de matices que cree que la universalidad de los valores no es incompatible con la diversidad de las culturas.
Lo dijo la última vez que estuvo en España, el año pasado, presentando su ensayo El desajuste del mundo, cuyo subtítulo es bien contundente: Cuando nuestras civilizaciones se agotan. Y dice "nuestras" porque en sus últimos libros el escritor beirutí aplica su espíritu crítico tanto al mundo occidental como al árabe. Si el primero se empeña en exportar la democracia a sangre y fuego, el segundo "vive un déficit de legitimidad política". Ni una cosa ni la otra se arreglan, suele decir el escritor, con fotos y apretones de manos para la galería.


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