Perú tiene, según los analistas de la calificadora Moody's, el potencial de crecimiento económico más alto de toda la región. La gestión del presidente Alan García que está por culminar deja como saldo una economía pujante, saneada y ordenada. Casi sin inflación; con cuentas fiscales y comerciales equilibradas; y con la tasa de endeudamiento externo -en términos del PBI- más baja de la región. No es poco.
No obstante, inmediatamente después de conocido el triunfo electoral de Ollanta Humala, los mercados peruanos reaccionaron con intranquilidad. Tanto la Bolsa de Valores como el mercado cambiario se llenaron de fragilidad. Quizás porque aún no existía certeza acerca de cual de los cuatro diferentes mensajes socio-económicos emitidos por Humala a lo largo de la reciente campaña electoral será el que finalmente prevalezca. Esto es, si la moderación de la llamada "hoja de ruta" -su postura final- reemplazará a las reivindicaciones radicales de sus primeras propuestas.
Ante ello, Humala actuó con rapidez, prudencia y serenidad, ratificando las señales de la "hoja de ruta", incluso ante los directivos de las dos centrales empresarias: Confiep y la Sociedad Nacional de Industrias. Esto tranquilizó las aguas. Su portavoz económico, Kart Borneo, confirmó que la ortodoxia en lo que hace al manejo de la macroeconomía se mantendrá; que la política fiscal seguirá siendo responsable; que se respetará la autonomía del Banco Central; y que se continuará tratando de atraer a la inversión. Anuncios todos que están lejos de alimentar los temores al "salto al vacío".


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