martes, julio 05, 2011

Cómo no ganarle al kirchnerismo

 
Luis GregorichPara LA NACIONFoto: LA NACION
 
La jornada de cierre de listas es quizá el día más miserable y, al mismo tiempo, el más comprensible de la política criolla. Es entonces cuando los padrinos afirman su padrinazgo o descreen de él, motivando en sus apadrinados un incremento de su fe en la democracia o bien un profundo resentimiento que sabrá -o no- disimularse hasta el próximo cierre. En ese día, se trafican lealtades, se producen cambios de camiseta y se enarbolan devociones personales en contra de supuestas meritocracias. El trajín partidario de muchos años se enfrenta con la deseable frescura de la juventud. Si se calcula, por ejemplo, que "entran" ocho, en torno a los números 7, 8 y 9 es donde se disputan las riñas más feroces. Hay heridos, borrachos de alegría y desahuciados.

Lo único peor que este vivaz carrusel de premiados y castigados, finalmente aceptado con su lógica picaresca, es la designación a dedo producida por un poder único, personal e indivisible, asumido como encarnación de un supuesto proyecto liberador. En nuestro cierre reciente, hubo de todo un poco, tanto en el oficialismo como en la oposición, aunque predominó la unción con los sagrados óleos de Olivos, con su habitual marco de verticalismo, sometimiento y obsecuencia. Los magullados del oficialismo apenas atinaron, por el momento, a unas quejas a media voz; no será lo último que hagan.

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