miércoles, octubre 31, 2012

El asombro de una metrópolis partida en dos


Se podría decir que Manhattan era anoche el Berlín de la Guerra Fría: una metrópolis dividida en dos mitades con unas condiciones de vida muy diferentes. La calle 26 marcaba la frontera entre una ciudad donde estaban encendidas las farolas y abrían los restaurantes y otra donde reinaban las tinieblas y escaseaban la comida y el agua caliente.
Manhattan tras el paso de 'Sandy'. | Reuters

Los cortes de luz de la compañía eléctrica ConEdison dejaron sin luz a millones de neoyorquinos y obligaron a muchos de ellos a elegir entre afrontar su segunda noche a oscuras y dormir en el sofá de algún amigo en el norte de la isla. Otra alternativa era salir de Manhattan rumbo a alguno de los otros distritos neoyorquinos. "Yo vivo en el West Village pero esta noche la pasaré en Brooklyn en casa de mi madre", decía anoche Eddie, que trabaja como conserje en un edificio del Upper West Side.
La ciudad ha ido recobrando poco a poco sus señas de identidad
Nueva York sólo era Nueva York a partir de las calles de Chelsea, donde las tiendas empezaban a abrir a media tarde y las terrazas se llenaban de neoyorquinos locos por sacudirse la resaca del huracán. Los Starbucks permanecían cerrados con un cartel que invitaba a sus clientes a culpar "al hombre del tiempo". Pero los servicios de limpieza recogían los árboles derribados por la tormenta y la ciudad iba recobrando poco a poco sus otras señas de identidad.
Volvieron los autobuses en un servicio limitado y gratuito hasta el mediodía del miércoles. Pero no empezó a funcionar el metro, cuyos responsables advirtieron que debían examinar los daños de la tormenta y achicar agua que anegaba las estaciones del sur de Manhattan y los túneles subacuáticos del East River.
La mayoría de los accesos a Manhattan se abrieron al filo del mediodía. Un alivio para los taxistas y para los restaurantes, que esperaban provisiones para poder abrir a la hora de comer.
El sur de la isla seguía sin luz ni teléfono y varios árboles permanecían abatidos en las calles del Upper West Side. Dos mujeres discutían por el último 'bagel' de huevos y bacon en el barrio bohemio de Nolita y una muchedumbre acribillaba a preguntas a cualquiera que avanzara por la calle con un café en la mano.

Negocios

Nueva York es una ciudad que avanza al ritmo que marca la cafeína. Un detalle que ayuda a comprender las colas que se formaron ayer en lugares como el Café Oren o la Silver Moon Bakery, que desafiaron al huracán y abrieron sus puertas para aprovechar el cierre de los Starbucks de la ciudad. Algunos dejaron su wifi encendido y muchos lo aprovechaban arrimados a la puerta. Pero el milagro sólo se obraba al norte de la frontera invisible de Chelsea. Al sur no tenían ni luz ni teléfono ni 3G.
Las columnas icónicas de la sede de Wall Street y del Federal Hall estaban intactas pese a la magnitud de la tormenta. Pero no aguantó la fachada de un edificio de tres plantas de Chelsea, que se derrumbó el lunes y dejó a sus vecinos como los de 13 rue del Percebe. A la ciudad le costaba recuperar el pulso y en sus calles había ratas muertas ymarquesinas arrancadas por el viento. Menos taxis y más turistas que el lunes. Y una lluvia y unas ráfagas de viento que se resistían a abandonar del todo las calles de Nueva York.
'Culpe al hombre del tiempo', reza el cartel de disculpas de Starbucks. | Reuters
'Culpe al hombre del tiempo', reza el cartel de disculpas de Starbucks. | Reuters
Las tiendas del Soho no abrieron durante todo el día y siguieron cerrados la ópera, los espectáculos de Broadway y la mayoría de los museos de la ciudad. Pero algunos aprovecharon para hacer negocio a rebufo de la tormenta vendiendo paraguas o pilas a precio de oro y desafiando con su negocio a la tempestad.
Ninguno tan temerario como Singh, que ayer estaba a primera hora en el sur de Manhattan repartiendo unos trípticos informativos de la empresa de albañilería que regenta en el distrito de Queens. "Podemos instalar suelos de madera, azulejos, puertas correderas... Cualquier reforma que necesiten estos negocios a partir de ahora", decía a ELMUNDO.es en una de las zonas más castigadas por el huracán.
Ayer estaba inundada la despensa subterránea de la mayoría de los restaurantes del distrito financiero. También el salón parroquial de la iglesia católica de Nuestra Señora del Rosario junto a la sede de Standard & Poor's. La crecida del Hudson se coló por entre los arbustos de Battery Park y llegó a inundar los vestíbulos de algunos edificios del distrito financiero, protegidos a medias por un puñado de sacos terreros que habían colocado los conserjes obligados a pasar la noche en los edificios. "Llevo aquí desde el domingo por la noche", contaba a este diario un joven negro trajeado que trabaja como guarda de seguridad en unas oficinas. "Vivo en Queens y ayer me quedé atrapado cuando cerraron los puentes. Ahora quiero irme a casa. ¿Usted sabe si es posible cruzar el río y sigue la cosa como ayer?".
A su lado estaba una surcoreana que nunca había sentido tanto miedo como el lunes, cuando una ola gigante se estampó contra las ventanas de su apartamento en la segunda planta de un edificio junto al Puente de Brooklyn. Se llama Yoyo y aún le tiembla la voz al recordar los primeros momentos de incertidumbre y la noche que ha pasado sin luz y sin calefacción. "El agua nos llegaba por la rodilla cuando salimos. Los más jóvenes no tuvimos problema. Pero vi a varios bomberos bajando con los ancianos en brazos por la escalera", explicaba a ELMUNDO.es mientras enchufaba su teléfono al ordenador del reportero para poder hablar con su familia en Corea del Sur.

'Débil antes de ser fuertes'

Yoyo es una joven menuda de unos 30 años y trabaja en uno de los muchos salones de belleza de Manhattan. Muy cerca del extremo sur de la isla y del edificio que le obligó a abandonar el azote del huracán. "Supongo que me confié por la falsa alarma del año pasado con el huracán Irene. ¿Quién iba a pensar que vez iba a llegar el agua tan lejos como llegó?", explicaba ayer en un inglés entrecortado y con fuerte acento coreano.
'Supongo que me confié por la falsa alarma del año pasado con el huracán Irene'
Cruzar ayer el Puente de Brooklyn era una experiencia más agradable de lo normal. Había menos ciclistas y menos aglomeraciones que de costumbre. Unas lesbianas se besaban intermitentemente y varias familias se hacían una foto que por la fecha parecía menos convencional. La avenida de circunvalación FDR permanecía cerrada al tráfico. Pero no se apreciaban daños en los rascacielos ni en la estructura del puente, construido a finales del siglo XIX.
"Uno se siente débil antes de sentirse fuerte", se podía leer en una de las pintadas espontáneas sobre las vallas que cubrían parte del trayecto. Una frase que habrían suscrito ayer millones de neoyorquinos, obligados a pisar por un día a pisar el freno. Al llegar al embarcadero de Brooklyn, sonaban las aspas del helicóptero donde viajaba el alcalde Michael Bloomberg, que ayer hizo una gira por las zonas más afectadas. Allí se habían inundado los sótanos de varios restaurantes y la heladería del barrio aún estaba cerrada por los efectos del huracán.
Quienes sí habían abierto eran los responsables de Grimaldi's, la legendaria pizzería que se encuentra debajo del Puente de Brooklyn y donde casi siempre toca hacer cola para poder entrar. Ayer apenas duraba un cuarto de hora y dentro no funcionaban las luces ni siquiera en los servicios. Las pizzas salían ardiendo del horno de leña y el teléfono funcionaba. Un privilegio del que no disfrutaban al otro lado del río en el sur de Manhattan. Una isla que ayer se parecía demasiado al Berlín de la Guerra Fría.

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