
El plan arranca mañana. Los colonos que se resistan a salir, el miércoles serán sacados por la fuerza. Hay 50.000 efectivos alistados. La franja pasará así a control palestino. Pero la ultraderecha quiere resistir. Las camisetas naranjas con la inscripción "un judío no expulsa a otro judío" se venden a 15 shekels (12 pesos) y de a dos o tres por minuto. Las cintas del mismo color se reparten gratis, así como los carteles que hablan de "nosotros queremos a Israel, Sharon no". Las chicas cambiaron las tradicionales vinchas negras para el pelo por otras naranjas. Y hasta los soldados simpatizantes le ponen cintas de ese color a los fusiles M-16. El naranja es el símbolo de esta contrarrevolución inspirada en el movimiento ucraniano que terminó con el régimen de Leonid Kuchma a fines del 2004. También es el color que distingue al Consejo Yesha, una coalición formada para impedir la evacuación de los colonos de Gaza ordenada por el primer ministro Ariel Sharon en su plan de Hitnatkut (desenganche en hebreo) y que comienza mañana lunes. Los casi 3.000 militantes que se infiltraron para resistir la evacuación en la zona de las colonias de Gush Katif, inundaron del naranja las calles de estos barrios. E impusieron sus cantos e indumentaria a los casi 9.000 colonos. El centro comercial de la colonia de Neve Dkalim, la más grande con 800 residentes, así como el de Morag y Netzer Hazani, ayer se engalanaron de naranja, desde la vidriera de la pizzería hasta los globos aeroestáticos que mantienen sobre el cielo y miran hacia el Mediterráneo, a apenas 500 metros. La disputa entre el gobierno que desplegó a casi 50.000 soldados y policías para cumplir la evacuación, y sus colores, se trasladó a las calles de las grandes ciudades. En Jerusalén y Tel Aviv hay una verdadera batalla de cintas. Los que apoyan a los colonos, por supuesto, colocan cintas naranja en las antenas de sus autos. Los otros, los de la mayoría silenciosa (un 59%) que están de acuerdo con la medida del gobierno y creen que devolver las tierras a los palestinos es un paso más hacia la paz, se identifican con el color azul. Pero no engalanan demasiado sus autos porque el fanatismo de los naranjas, ya dejó a muchos sin antenas. Y no son sólo inocentes cintas. Hay muchos que decidieron simbolizar la disputa de una manera mucho más gráfica. Se tatuaron números en sus brazos, como hacían los nazis con los judíos europeos durante el Holocausto. "Es la forma más brutal que encontré de mostrarles a Sharon y sus soldados que lo que están haciendo es comparable a lo que hizo Hitler en la Shoa", me dice Shamuel Tal, uno de los colonos y rabino del asentamiento. De pronto, aparece Ariel Zilber, un cantante que vive en el asentamiento de Elei Sinai. Sentado en el techo de una camioneta con altoparlantes toca una canción mezcla de rock, blues y rap. "Cuantas veces tengo que decírselos: un judío no puede estar contra otro judío", canta Zilber recogiendo tímidos aplausos de los chicos en la plaza de la colonia. Zilber no es su cantante favorito. Por ahora, el clima de las colonias de Gush Katif es festivo. Por las ropas y el comportamiento de muchos chicos que vinieron a apoyar a los colonos parece más una concentración hippie de los años 60 que una protesta de la derecha. Pero a partir de esta medianoche, las cosas van a ser mucho más serias. Comienza el virtual toque de queda impuesto por el ejército israelí. Ya nadie podrá entrar y se impondrán cuatro anillos de seguridad de policías y soldados. Los del primer anillo, para desalojar a los colonos "por la razón o por la fuerza" primero con invitación desde mañana pero de modo irreductible a partir del primer minuto del miércoles 17. Los otros, para impedir que los manifestantes antievacuación consigan su objetivo. "El peligro es que alguien saque un arma y comience a disparar. Ahí, esto se puede salir de cauce porque los colonos mantienen muchas armas en sus casas". El otro problema son los chicos militantes que no viven en las colonias y que van a esconderse dentro de las casas, incluso si sus dueños se van, para impedir que las topadoras las pasen por encima. "Nos vamos a quedar acá. Tendrán que pagar el precio político de sacarnos entre cuatro soldados delante de las cámaras de los periodistas de todo el mundo", asegura Yisrael Keinon, un muchacho de 23 años que vino desde Haifa. El plan de los militares es el de tocar el timbre e intentar persuadir a los ocupantes que abandonen la casa. Si no lo logran, van a aparecer en grupos de a 16 soldados y policías y tomarán a cada residente entre cuatro para sacarlos a la fuerza. Los pondrán en un camión que los trasladará al campamento de carpas especialmente preparado para los que no quisieron aceptar la indemnización del gobierno (entre 200.000 y 400.000 dólares) ni las casas temporarias que le están construyendo cerca de la ciudad de Ashdod, no muy lejos de Gaza y a metros de una magnífica playa, siempre sobre el Mediterráneo. Los infiltrados que no vivan en las colonias serán encarcelados. Todo el plan de evacuación le cuesta al gobierno unos 2.000 millones de dólares, la mayoría para pagar las indemnizaciones, el resto para el despliegue militar y la destrucción de las casas. Las topadoras dejarán en escombros las viviendas y las sinagogas para evitar profanaciones. "Fueron los palestinos quienes nos pidieron derribar las casas para evitar una lucha interna por ver quien se quedaba con la mejor", dice Arik Eldail, constructor de las nuevas casas. Ayer se llegó a un acuerdo para que quedaran en pie los invernaderos y la infraestructura básica de calles y servicios. Si la evacuación se lleva a cabo como está prevista por el gobierno, los palestinos podrán quedarse con los territorios a mediados de setiembre. La Autoridad Palestina ya anunció que no permitirá que sus ciudadanos entren en el área hasta que no se haya resuelto el destino de cada asentamiento. Pero las organizaciones extremistas como Hamas ya dijeron que "apenas se vayan los judíos vamos a ir a festejar nuestra victoria". En Gush Katif por ahora no piensan en nada de eso. Esperan que "algo extraordinario" suceda. "Va a producirse un milagro. Se lo aseguro", dice convencido el rabino Shamuel, mientras el cielo se va poniendo de un naranja azulado.


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