viernes, agosto 18, 2006

Setenta años de un crimen

García Lorca, en el jardín de la Huerta de San Vicente. (FUNDACIÓN GARCÍA LORCA)

La noche del 13 de julio de 1936, Federico García Lorca tomó el tren de Granada. El poeta barajaba todavía la posibilidad de viajar a México, invitado por la actriz Margarita Xirgu, para disfrutar del éxito que estaban obteniendo sus obras teatrales. Vivía un momento de plena madurez y de reconocimiento público, se habían perfilado todos los matices de su voz lírica en los poemas del Diván del Tamarit, y acababa de escribir La casa de Bernarda Alba, una obra rotunda, de alto significado en la evolución teatral de su autor, porque culminaba sus indagaciones estéticas para superar a la vez el experimentalismo elitista de la vanguardia y las facilidades populistas del arte comercial. Pocos días después de leer ante un grupo selecto de amigos el manuscrito de La casa de Bernarda Alba, tomó un tren camino de Granada. Además de pasar el 18 de julio, día de su santo, con sus padres y su hermana Concha, parece que quería alejarse de los aires conflictivos de Madrid por una breve temporada.

Pero Granada estaba lejos de respirar tranquilidad. El poeta debía de conocer las tensiones que se habían condensado en la ciudad. Su relación estrecha con Fernando de los Ríos, diputado socialista por Granada, así lo hace suponer. El Frente Popular había impugnado los resultados de las elecciones de febrero de 1936, denunciando la manipulación caciquil en la provincia. La repetición de los comicios el día 31 de marzo no sirvió para calmar las heridas abiertas por meses de grandes mítines, huelgas, tiroteos falangistas, incendios, provocaciones y reacciones violentas. Se trataba de un malestar parecido al que se había adueñado de Madrid, la misma agitación promovida por la radicalización social y por los conspiradores contra la República, interesados en alimentar el desorden. Pero en Granada, una pequeña ciudad de provincias, se conocía casi todo el mundo, y las intrigas, los rencores, los ánimos de venganza, cobraban una cercanía casera, muy propicia para encarnar los odios desatados en una guerra civil.

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