Más allá de las declaraciones de buena voluntad y de las frases de corrección diplomática, los presidentes Felipe Calderón Hinojosa y George W. Bush concluyeron su encuentro en Mérida con acuerdos que parecen concretos y viables. Ambos convinieron en algo tan simple como práctico: combatir el tráfico de drogas desalentando el consumo en Estados Unidos y persiguiendo a los contrabandistas de armas, de metanfetaminas y de precursores químicos, así como seguir la ruta del dinero para dislocar a las organizaciones criminales.
Es de destacar el planteamiento público, frente a un mandatario estadounidense, del problema del consumo, que es reiterativo en los análisis del fenómeno, pero que pocas veces sale a relucir en una cumbre de presidentes. Ya era hora de que ese sentir nacional se hiciera escuchar al más alto nivel. Mientras haya consumo y las drogas sean un estilo de vida entre jóvenes, intelectuales y artistas del vecino país, todo lo que se haga acá para desmantelar la oferta será inútil.
No se habló de petróleo, que Calderón estima de la competencia exclusiva de los mexicanos, y ni falta hacía, porque a Estados Unidos vendemos, en condiciones preferenciales, casi el mismo volumen que nosotros consumimos. Es decir, nos repartimos por igual nuestro hidrocarburo, menos una fracción que se exporta a otros países. También hubo acuerdos para facilitar el paso de bienes y personas de un país a otro y para abrir más puertas. Aunque ya se esperaba una actitud conciliadora pero limitada del presidente Bush respecto del problema migratorio, fue bueno saber que hay disposición para explorar no sólo la larga ruta del Congreso para una reforma al respecto, sino que hay disposición para dar pasos más inmediatos, tratando de hacer de nuestra frontera común una franja de inversiones y no una de policías y muros. Esto implica una responsabilidad compartida, pues compromete a ambos gobiernos a crear empleos mejor pagados en esta zona.
Ojalá en Washington hayan entendido que una frontera ordenada y productiva sería una buena opción para tener también una frontera segura y libre de amenazas que a ellos tanto preocupa.
Enfrentados de común acuerdo con nuestro vecino los añejos problemas de la frontera norte, no queda menos que desear que aquello se cumpla y que, internamente, seamos congruentes con estas exigencias a Estados Unidos, pues en nuestra frontera sur las cosas no están mejor en cuanto a seguridad, contrabando y derechos humanos.
Enfrentados de común acuerdo con nuestro vecino los añejos problemas de la frontera norte, no queda menos que desear que aquello se cumpla y que, internamente, seamos congruentes con estas exigencias a Estados Unidos, pues en nuestra frontera sur las cosas no están mejor en cuanto a seguridad, contrabando y derechos humanos.


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