viernes, junio 22, 2007

En Erez, el paso de un mundo a otro

Son casi mil metros, pero la caminata parece eterna. Un recorrido solitario, abrasado por el sol, entre muros de cemento, alambre de acero, techo de plástico y cámaras de seguridad. El puesto de Erez, que franquea el paso -cuando se puede- entre Israel y Gaza, es saltar de un mundo a otro. Del costado israelí, queda el auto con aire acondicionado y el celular con buena cobertura. Del lado palestino, generalmente está el taxi destartalado, el carro tirado por burros, la comunicación deficiente y la basura. Y también, una pequeña mafia que medra con los carritos de equipaje que, misteriosamente, han desaparecido. O se avanza con la carga a cuestas, o se paga lo que se exige. "Bienvenido a Gaza", dicen allí, con orgullo, una vez que se traspone el control, se deja el territorio israelí y se avanza en sentido contrario al de los palestinos que quieren salir. Y no pueden. Ayer, cuando LA NACION llegaba, medio centenar de palestinos aguardaba en vano el permiso para abandonar la franja. En su mayoría, intentaban llegar a Cisjordania, la otra pata del territorio palestino, ahora brutalmente separado. Esperaban los frustrados viajeros entre el enjambre de moscas sobre la basura y el olor inconfundible de la miseria cuando no se tienen servicios sanitarios. Antes de terminar el recorrido, LA NACIÓN tropezó con una mujer palestina, encerrada entre dos puertas de control, sin posibilidad de acceder a los timbres de llamada que hay cada tanto. Estaba asustada. "¡Por favor! ¡Ayúdeme!", suplicó, con algo de inglés y mucho de gestos. Pasó el mal trago y, con él, toda el agua que quedaba en la botella que se le ofreció. No dejó una gota. La mujer, que intentaba volver a su casa, estaba agotada por el susto y por el calor.

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