viernes, julio 20, 2007

BRASIL: El alto costo político del silencio tras una tragedia

Sucedió con el accidente del avión en San Pablo, con la tragedia de Cromagnon, con el naufragio del submarino ruso Kursk y con el desastre ecológico del Prestige: del inmenso dolor inicial la opinión pública pasa de inmediato a expresar su indignación y a necesitar palabras y gestos políticos que busquen explicar lo injustificable. Y ante tragedias nacionales de semejante envergadura, el blanco de las críticas y los reclamos suele ser el presidente, que debe elegir entre enfrentar la situación y exponerse públicamente o desaparecer de la faz de la Tierra... y pagar el costo político.
Acorralado por las críticas que crecen día tras día, el presidente Luiz Inacio Lula da Silva hará su primera aparición pública hoy, a 72 horas de la tragedia que les costó la vida a más de 200 personas. A pesar de que para muchos las palabras del presidente llegan con retraso, Lula habría elegido salir a dar explicaciones porque sabe que el silencio en estas situaciones suele convertirse en la peor de las opciones. Sin ir más lejos, los cuatro días que tardó el presidente Néstor Kirchner en pronunciarse sobre el incendio de la discoteca Cromagnon no hicieron más que incrementar la indignación (más allá del dolor) de los padres de las 194 víctimas. Kirchner dijo que se tomó su tiempo porque no quería "jugar mediáticamente con el dolor de los argentinos". Pero sus palabras llegaron a destiempo y no lograron hacer olvidar la lluvia de críticas que provocó su silencio.
También muy cuestionado fue el presidente ruso, Vladimir Putin, por su falta de reflejos tras el naufragio del submarino Kursk en agosto de 2000, cuando murieron los 118 tripulantes varados en el fondo del mar de Barents. El submarino se hundió un sábado y Putin, de vacaciones en el mar Negro, recién hizo su primera declaración pública el miércoles siguiente. Esos cuatro días fueron suficientes para disparar la exasperación de los familiares de los marinos. Según encuestas de aquel entonces, el 74 por ciento de los rusos no dudó en señalar que la reputación del presidente fue muy dañada durante esos silenciosos días. Probablemente el récord de ausencia lo tenga José María Aznar, presidente del gobierno español en diciembre de 2002, cuando el buque petrolero Prestige se hundió y derramó su cargamento sobre las costas gallegas. Más de un mes tardó Aznar en llegar al lugar de los hechos, donde fue recibido por un ensordecedor abucheo y gritos de indignación. En cambio, rápido de reflejos, el presidente George W. Bush se acercó el 14 de septiembre de 2001 a los todavía humeantes restos de las Torres Gemelas, donde se sacó fotos con los bomberos. Más que cualquier medida política, la presencia de Bush en el lugar de los hechos fue para los norteamericanos la primera imagen de un líder en guerra, ahora duramente cuestionado.

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