Ante la liberación de Clara y Consuelo, la suerte de quienes siguen cautivos adquiere una dimensión particular. En medio del alivio e inmensa alegría que produjo en todo el país la liberación de Clara Rojas y Consuelo González, que volvieron ayer a la vida después de seis años de secuestro, la suerte de quienes aún siguen cautivos adquiere una particular dimensión. Y es la de sentir, en medio de la desesperanza y la tristeza, que se puede abrir un camino hacia la libertad. Camino sembrado de espinas, que no será nada fácil transitar.
La operación que se puso en marcha desde las 6 de la mañana del jueves tuvo una vez más como protagonista al presidente venezolano, Hugo Chávez, a quien las Farc devolvieron las secuestradas y quien sin duda seguirá jugando -como él mismo lo reiteró ayer- un importante papel en este proceso. La colaboración del gobierno colombiano y de su fuerza armada, que estuvo a pocos kilómetros del lugar de entrega, fue definitiva para asegurar el final feliz.
Doblada esta dolorosa hoja, hay que centrar la atención en los secuestrados que permanecen en la selva. Ante el éxito de la operación que trajo a la libertad a Clara y Consuelo, las familias de quienes siguen cautivos seguramente volverán la mirada hacia Caracas. Chávez obtuvo innegables dividendos políticos y las Farc, una vistosa publicidad televisada.


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