viernes, septiembre 10, 2010

Los desafíos de la Casa Blanca / Un 11 de septiembre con polémica: Un país con muchas heridas sin cicatrizar

La tapa de The Economist, días después del 11 de Septiembre, afirmaba: "El día que el mundo cambió". Ha cambiado, y no sólo en los aeropuertos donde se han quitado varios millones de zapatos. Nueve años después, hay una cosecha de furia.

Quemar libros es una idea espantosa. Heinrich Heine, el poeta alemán, previó lo peor a principios del siglo XIX: "Donde queman libros, finalmente acabarán por quemar personas". Menos de una década separó la quema de libros ordenada por los nazis en 1933 de los crematorios de la "solución final".

Terry Jones, pastor de una pequeña iglesia de Florida, hizo bien en prestar atención a las advertencias de la historia y cancelar la quema del Corán para conmemorar el noveno aniversario del ataque de Al-Qaeda.

El anuncio de la quema enfureció a los musulmanes y, de concretarse, se hubiese convertido en una poderosa arma de reclutamiento para los mismos jihadistas que intentan santificar la violencia indiscriminada por medio de selectivas referencias al Corán.

¿Por qué, casi una década después de Mohammed Atta, con su mensaje de despedida recomendando "leer el sagrado Corán", casi nada ha cicatrizado? ¿Por qué Estados Unidos se encuentra en conflicto por los planes de construir una mezquita cerca del Ground Zero, y los europeos experimentan una división similar respecto de la creciente presencia de musulmanes en sus sociedades?

Son tiempos sombríos. Sólo una chispa, según parece, separa el resentimiento de la revuelta.

Desde mi reciente regreso a Europa, me ha impresionado el veneno que flota en el aire: un miembro del Bundesbank, que se lamenta de la dilución musulmana de su país en un best seller titulado Alemania se elimina a sí misma ; la creciente influencia del derechista holandés Geert Wilders, que mañana pronunciaría un discurso en Manhattan en una protesta contra la construcción de la mezquita; un clima político que hace que el ingreso de Turquía en la Unión Europea se aleje cada vez más; la prohibición de minaretes en Suiza, y una dura actitud en Francia y Bélgica ante el uso del velo.

Todo esto ocurre mientras la derecha norteamericana aprovecha el plan para construir la mezquita para galvanizar el sentimiento antiislámico y pintar a los demócratas como ejemplo de blandura ante la sharia .

Los ataques del 11 de Septiembre destruyeron la imagen de país que Estados Unidos tenía de sí mismo. Un santuario del tamaño de un continente había dejado de existir. Un horrendo neologismo, el "hogar natal" ( homeland ) fue acuñado para describir a un país que ahora necesitaba protección interna y externa. Dos guerras, entre ellas la más larga de la historia del país, profundizaron el trauma.

Mientras un Estados Unidos combatía, otro hacía compras hasta que el gasto desenfrenado en cuotas terminó en caos y, para su horror, los norteamericanos descubrieron que ya no podían apuntalar sus decadentes ingresos pidiendo préstamos con la garantía del valor de sus hogares (antes, muy alto; ahora, por el suelo).

Lo que quedó, y que ahora alimenta la furia nacional, fue un duro esfuerzo por conservar la casa, los hábitos y la esperanza intactas mientras los ahora rescatados peces gordos que habían inventado las hipotecas securitizadas se perdían en el horizonte. Y los veteranos, llenos de las cicatrices de guerras remotas, volvían rengueando al "hogar natal", que antes era sólo el hogar. La desigualdad se profundizó. Para muchos, la promesa norteamericana se convirtió en desilusión.

Nada de todo esto induce a perdonar. Más bien estimula una búsqueda de chivos expiatorios... Wall Street o los wahabbistas.

Con este telón de fondo, el islam es fácilmente manipulado por los que quieren pintarlo como el enemigo. Su propia efervescencia y sus valores conservadores, especialmente en lo referido a los derechos de las mujeres, es pasto para las fieras.

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