Cuando los generales egipcios descabalgaron al tirano Hosni Mubarak, en febrero, anunciaron que se retirarían en seis meses, tras la celebración de elecciones parlamentarias y presidenciales. El calendario era ingenuo: no se liquida de la noche a la mañana una dictadura de 30 años y se instaura una democracia mínimamente creíble. Pero a la luz de los acontecimientos en el más poblado e influyente país árabe -y a pesar de las reiteradas declaraciones de sus integrantes- todo indica que la Junta Militar está abdicando de aquel compromiso inicial, que respondió a las aspiraciones de la calle, sustituyéndolo por una inquietante acomodación al poder y unos métodos que en algunos aspectos recuerdan ominosos tiempos pasados.
Ejemplo lacerante son los gravísimos disturbios de El Cairo, con la muerte de casi una treintena de personas en el ataque brutal del Ejército contra una protesta de cristianos coptos por la quema de uno de sus templos, en el sur, a manos de fanáticos musulmanes. Como Mubarak, los generales han permitido una matanza anunciada, a consecuencia de la cual ha dimitido el ministro de Finanzas. Como Mubarak, prometen castigar, pero no lo hacen, a los extremistas que fomentan la violencia sectaria. Otros signos alarmantes confirman la deriva castrense: desde volver a llevar a civiles ante tribunales militares hasta revivir la legislación de emergencia que justificó los excesos del dictador depuesto.


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