Por André Glucksmann
y Bernard-Henry Lévy
De Il Corriere della Sera
PARIS.? No crean que el conflicto del Cáucaso es un asunto local. Se trata, probablemente, del momento más decisivo de la historia europea desde la caída del Muro de Berlín. Lo demuestra el clamor que llega desde Moscú: ¡Genocidio!, acusa Vladimir Putin, que ni siquiera se dignó a pronunciar esa palabra durante la conmemoración del 50° aniversario de Auschwitz. ?¡Munich!?, invoca el blando Dimitri Medvedev para insinuar que Georgia, con sus 4,5 millones de habitantes, es la reencarnación del Tercer Reich. Nos cuidaremos de subestimar las capacidades de ambos líderes, pero sospechamos que, al fingir indignación, y sobre todo exagerándola, los gobernantes rusos manifiestan la voluntad de asestar un golpe decisivo. Los asesores del Kremlin han repasado los clásicos de la propaganda totalitaria: cuanto más grande es la mentira, tanto mayor es su efecto.
¿Quién fue el primero en abrir fuego, la semana pasada? La pregunta es obsoleta. Los georgianos se retiraron de Osetia del Sur, territorio que la legislación internacional, conviene recordar, coloca bajo su jurisdicción. También se han retirado de los pueblos vecinos. ¿Tendrán que retirarse también de su propia capital?
La verdad es que la intervención del ejército ruso más allá de sus fronteras, contra un país independiente, miembro de la ONU, representa una gran novedad desde hace varias décadas. Para ser exactos, desde la invasión de Afganistán.
En 1989, Mikhail Gorbachov se negó a enviar los tanques soviéticos contra la Polonia del sindicato Solidaridad. Yeltsin se cuidó muy bien, cinco años después, de permitir que las divisiones rusas penetraran en Yugoslavia para prestar apoyo a Slobodan Milosevic. El mismo Putin no se arriesgó a enviar sus tropas para combatir la Revolución de las Rosas (Georgia, 2002) ni más tarde contra la Revolución Naranja (Ucrania, 2004). Pero hoy, todo se tambalea. Y corremos el riesgo de que, ante nuestros ojos, aparezca un mundo nuevo, con nuevas reglas.
¿Qué esperan la Unión Europea y Estados Unidos para detener la invasión de Georgia, un país amigo de Occidente? ¿Veremos a Mikhail Saakashvili, un líder aliado de Occidente, elegido democráticamente, derrocado, exiliado, reemplazado por un títere o con la soga al cuello?
Siga leyendo el artículo del diario La Nación de Buenos Aires
y Bernard-Henry Lévy
De Il Corriere della Sera
PARIS.? No crean que el conflicto del Cáucaso es un asunto local. Se trata, probablemente, del momento más decisivo de la historia europea desde la caída del Muro de Berlín. Lo demuestra el clamor que llega desde Moscú: ¡Genocidio!, acusa Vladimir Putin, que ni siquiera se dignó a pronunciar esa palabra durante la conmemoración del 50° aniversario de Auschwitz. ?¡Munich!?, invoca el blando Dimitri Medvedev para insinuar que Georgia, con sus 4,5 millones de habitantes, es la reencarnación del Tercer Reich. Nos cuidaremos de subestimar las capacidades de ambos líderes, pero sospechamos que, al fingir indignación, y sobre todo exagerándola, los gobernantes rusos manifiestan la voluntad de asestar un golpe decisivo. Los asesores del Kremlin han repasado los clásicos de la propaganda totalitaria: cuanto más grande es la mentira, tanto mayor es su efecto.
¿Quién fue el primero en abrir fuego, la semana pasada? La pregunta es obsoleta. Los georgianos se retiraron de Osetia del Sur, territorio que la legislación internacional, conviene recordar, coloca bajo su jurisdicción. También se han retirado de los pueblos vecinos. ¿Tendrán que retirarse también de su propia capital?
La verdad es que la intervención del ejército ruso más allá de sus fronteras, contra un país independiente, miembro de la ONU, representa una gran novedad desde hace varias décadas. Para ser exactos, desde la invasión de Afganistán.
En 1989, Mikhail Gorbachov se negó a enviar los tanques soviéticos contra la Polonia del sindicato Solidaridad. Yeltsin se cuidó muy bien, cinco años después, de permitir que las divisiones rusas penetraran en Yugoslavia para prestar apoyo a Slobodan Milosevic. El mismo Putin no se arriesgó a enviar sus tropas para combatir la Revolución de las Rosas (Georgia, 2002) ni más tarde contra la Revolución Naranja (Ucrania, 2004). Pero hoy, todo se tambalea. Y corremos el riesgo de que, ante nuestros ojos, aparezca un mundo nuevo, con nuevas reglas.
¿Qué esperan la Unión Europea y Estados Unidos para detener la invasión de Georgia, un país amigo de Occidente? ¿Veremos a Mikhail Saakashvili, un líder aliado de Occidente, elegido democráticamente, derrocado, exiliado, reemplazado por un títere o con la soga al cuello?
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