George W. Bush se ha responsabilizado de los errores que puede haber cometido en Irak. Pero lejos de corregirlos, su nueva estrategia no resuelve nada. Veinte mil soldados suplementarios no cambiarán el desastre. El presidente de EE UU ha ignorado así el mensaje de los electores americanos, una opinión pública ya abrumadoramente en contra de esta guerra, el informe del Grupo Baker, el parecer de los mandos militares e incluso los deseos del Gobierno iraquí. Persevera en un error que ya ha tenido consecuencias perniciosas de un alcance incalculable para el mundo en su conjunto.
No sólo no incorpora a Siria e Irán a la ofensiva diplomática que recomendaba Baker para calmar las aguas en Irak, sino que se ha dirigido amenazantemente contra Damasco y Teherán, insistiendo en el refuerzo aeronaval en el Golfo. La Casa Blanca añadió ayer el despliegue de hasta 97.000 soldados más en cinco años en las cercanías de Irak, lo que podría constituir un pilar para una eventual retirada sin perder presencia militar en la zona y seguir presionando a Irán.

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