El líder sandinista Daniel Ortega ha vuelto al poder pero por la fuerza de los votos, y no, como en 1979, por la de los rifles empuñados contra la dictadura somocista, que apoyaba bárbaramente Estados Unidos. Y ayer quiso jurar el cargo en nombre de casi todo el santoral político, y dentro del mismo muy prominentemente por el socialista bolivariano Hugo Chávez, allí presente, pero también por Juan Pablo II, y con la incongruencia que presidió todo el acto en Managua, el mandatario se unió al presidente de Venezuela y de Bolivia, Evo Morales, para vitorear a Fidel Castro.
Ortega había hecho una campaña electoral basada en un aparente arrepentimiento, en la que instó a los nicaragüenses a trabajar unidos en la guerra contra la pobreza, así como escenificó tan aparatosa como insistentemente su retorno al catolicismo más puro y duro, en medio de una tentativa de des-sandinizar su imagen, ligada al recuerdo de una gestión calamitosa.

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