Barack Obama puso ayer en marcha la más gigantesca reforma que cualquier presidente de Estados Unidos pueda plantearse, la creación de un sistema de salud al alcance de todos los ciudadanos. Lo hizo desde un enfoque diferente, no como una necesidad de carácter social, que lo es de forma escandalosa, sino como una urgencia de carácter económico, como un paso esencial para equilibrar las cuentas del Estado.
Barack Obama puso ayer en marcha la más gigantesca reforma que cualquier presidente de Estados Unidos pueda plantearse, la creación de un sistema de salud al alcance de todos los ciudadanos. Lo hizo desde un enfoque diferente, no como una necesidad de carácter social, que lo es de forma escandalosa, sino como una urgencia de carácter económico, como un paso esencial para equilibrar las cuentas del Estado. Y se puso un plazo exigente para conseguirlo: este mismo año.
"La reforma de nuestro sistema de salud ya no es un imperativo moral, es un imperativo fiscal. Si queremos crear empleos y reconstruir nuestra economía, tenemos que atajar el desorbitado coste de la atención sanitaria este año, en esta Administración", declaró Obama en una conferencia de amplio espectro que trataba de representar todos los intereses que tendrán que armonizarse para que esta reforma salga adelante: hospitales, compañías de seguros, médicos, pacientes y congresistas de ambos partidos.
Unas 3.000 reuniones de ese tipo se han celebrado ya a pequeña escala en distintos lugares del país en el último mes. Otras conferencias similares, convocadas por los gobernadores, tendrán lugar a partir de ahora al mismo tiempo que el Congreso discute la legislación adecuada, tratando de hacer de esta reforma lo que verdaderamente es, un enorme esfuerzo nacional, similar al que puede representar una guerra o una catástrofe natural.
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